Cómo combatir el síndrome del impostor en la universidad

Cómo combatir el síndrome del impostor en la universidad

En las residencias de estudiantes Amro de Alicante, Sevilla, Valencia, Getafe, Pamplona, Salamanca y Porto apoyamos y valoramos a nuestros estudiantes. Sabemos que a veces se pasan momentos difíciles y que la mente te puede jugar malas pasadas. Seguro que más de una vez te ha pasado: entregas un trabajo, te dan buena nota, todos te felicitan… y tú piensas “nah, ha sido suerte”. O te seleccionan para un proyecto y lo primero que te viene a la cabeza es “en cualquier momento se van a dar cuenta de que no tengo ni idea”. Si te suena familiar, tranquilo: no estás loco, ni eres menos capaz que nadie. Lo que te pasa tiene nombre y apellido: “síndrome del impostor” y no distingue entre carreras, cursos o países. Lo sufren miles de estudiantes que, aunque lo están haciendo bien, sienten que no merecen estar donde están.

Nosotros lo hemos visto a menudo: gente brillante, que duda de sí misma, que se exige el triple y aun así siente que va a “ser descubierta” en cualquier momento. Pero nadie te va a descubrir, porque no hay nada que descubrir. Lo que sí hay son creencias, miedos y una vocecita interna que hay que aprender a callar (o al menos, a ponerle los cascos).

Entiende que no estás solo (de verdad, no lo estás)

Primera verdad incómoda: el 70% de los estudiantes universitarios ha sentido el síndrome del impostor alguna vez. Sí, incluso ese compañero que parece tener la vida resuelta y nunca llega tarde. Incluso la profe que da clases con total seguridad. Así que no, no es que “te falte algo” o que seas menos. Lo que pasa es que, en la universidad, todo el mundo intenta parecer más tranquilo de lo que está.

Lo curioso es que este síndrome aparece sobre todo en personas autoexigentes, perfeccionistas y que se toman en serio lo que hacen. O sea, justo las que suelen destacar. Pero como se ponen el listón tan alto, cualquier fallo (real o imaginario) les parece una prueba de que no merecen su éxito.

¿Cómo se combate eso? Pues, para empezar, hablándolo. Dilo en voz alta. Cuéntaselo a tu grupo de amigos, a un compañero de clase o a alguien de la residencia. Te sorprenderá descubrir que muchos se sienten igual. Y cuando ves que no eres el único impostor en la sala, el síndrome pierde fuerza.

También ayuda mucho celebrar tus logros, aunque sean pequeños. No todo tiene que ser un sobresaliente o una beca. Terminar una práctica difícil, exponer sin morir de nervios o simplemente entender un tema que te costaba ya es motivo de celebración. Y si puedes darte un capricho después (pizza, siesta, serie), mejor.

Ah, y un truco que funciona: cuando pienses “no soy suficiente”, cámbialo por “todavía estoy aprendiendo”. Porque eso es la universidad, al final: un proceso. Nadie nace sabiendo, y todos, absolutamente todos, improvisamos un poco.

Cómo combatir el síndrome del impostor en la universidad

Cambia el chip: del miedo al crecimiento

El síndrome del impostor se alimenta del miedo: miedo a fallar, a decepcionar, a no estar a la altura. Pero la buena noticia es que el miedo también puede ser un motor. No tienes que eliminarlo, solo entrenarlo para que trabaje a tu favor.

Piensa en esto: si te sientes así, es porque estás saliendo de tu zona de confort. Estás aprendiendo cosas nuevas, enfrentándote a retos que te importan. Y eso ya dice mucho de ti. La clave está en no compararte con los demás (porque, sinceramente, nunca vas a ganar en ese juego) y en centrarte en tu propio progreso.

Un consejo práctico: haz una lista de tus victorias. Literalmente. Escríbelas. Desde aprobar una asignatura difícil hasta hablar en público o ayudar a un compañero. Tenerlo por escrito sirve para callar a esa voz interna que insiste en que “no vales lo suficiente”.

Y por supuesto, cuida tu entorno. Estar rodeado de gente que te apoya, te anima y te recuerda lo que vales marca la diferencia. Compartir residencia con otros estudiantes que entienden lo que estás viviendo puede ser un salvavidas. Porque cuando uno cae en la espiral de dudas, los demás tiran de ti para arriba (con risas, planes o una cena improvisada en la cocina, que también cuenta como terapia).

En definitiva, el síndrome del impostor no es una señal de debilidad: es una señal de que te importa hacerlo bien. Y si lo reconoces, ya estás un paso por delante. Lo importante es que no dejes que esa sensación te frene. Rodéate de gente que te recuerde quién eres, ríete de tus despistes, celebra tus avances y acepta que aprender también incluye equivocarse.

Desde las residencias de estudiantes Amro de Alicante, Sevilla, Valencia, Getafe, Pamplona, Salamanca y Porto, queremos que recuerdes algo: no estás aquí por casualidad. Estás aquí porque te lo has ganado. Así que la próxima vez que esa voz interna te diga que no perteneces, dile que se relaje… que estás demasiado ocupado construyendo tu futuro (y preparando el desayuno del domingo con tus compis).

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